Este ciclo de cuatro partes recorre el arco de la experiencia humana a través de la metáfora de las estaciones. Comienza con la inocencia del surgir (Una primavera de vida y existencia), avanza hacia la intensidad del anhelo y el deseo (Un verano de amor y erotismo), se orienta luego hacia lo espiritual y lo profético (Un otoño de profetas y misticismo) y finalmente desciende a la dura realidad del conflicto humano (Un invierno de humanidad y guerra).
A lo largo del ciclo, el cuerpo se convierte en icono, la energía en ritual y el color en testimonio. Lo que comienza como instinto natural evoluciona hacia la creencia, se fractura en violencia y nos devuelve a la pregunta esencial de lo que significa ser humano. Cada estación se despliega no como relato, sino como un estado del ser: un tránsito por la creación, la pasión, la revelación y la ruina.




